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viernes, 12 de febrero de 2010

Y Sin Temblar Apenas

¿Por qué deseas que venza al miedo? Si así fue su vida, quizá ése es su destino. ¿Y encadenar así tu destino a la piedra de molino del no debo, del no puedo? Solo, libre, fuerte. Y ser luz, aun temblorosa.



Quizá entonces lo supo
Quizá
Fue dócil y envidió
A la vida
Inoportuna
Imprudente

Y sin temblar apenas

Para huir del escudo
Puñal de gelatina
Brillo en su boca
Amenaza de hechizo
Demasiadas ventanas
Abiertas
Precipicio o huida
Vida en vida

Y sin temblar apenas

Pasos largos
Camina
Interpreta el papel
Hoy tú eres tú
Y esa presencia
Que canta
Peligro
Apretando los dientes
El día aún no acaba
Listo está el equipaje

Y sin temblar apenas

martes, 9 de febrero de 2010

El Libro de las Cosas Aprendidas. Relato Corto (o cómo honrar a quien un día amamos, aprendiendo a crecer sobre el aparente fracaso de la pérdida)



Acerqué la piel suave del cuaderno a mi cara y sentí en mis labios el tacto amable del curtido, rojo guindilla.



Creo que me pedía a gritos que lo abriera, que rompiera la perfección impersonal de sus hojas blancas, o así lo sentí yo al menos. Y lo cierto es que jamás me ha abandonado esa sensación, esa urgencia, cada vez que lo he encontrado entre mis cosas, o cada vez que él me ha hallado a mí, por muchos años que hayan pasado.



Oliendo una vez más el amargo aroma de la piel, abrí el cerrojo dorado, levanté la tapa y descubrí, para mi asombro, que él ya había dejado dentro parte de lo que era nuestro, sólo nuestro:





La palabra, mujer


no la digas aún


Aguarda


Que son bellos estos días


Valiosos por efímeros





No invada


el verbo


nuestra cerca


Deseémonos así


Sin futuro ni promesas


Sin las frases repetidas





Contente, corazón


No anheles la certeza


Renuncia a tu codicia


Y arriesga





De par en par las puertas


La huida ha de ser fácil


No te entregues todavía


No ganes la batalla


Sé duda


Sé capricho


Si hemos de morir,


Que hoy suceda





No han de ir nuestras pisadas


Por las huellas de los hombres


Conserva, amiga mía,


el barro del camino


Limpiémoslo despacio


Sin prisas ni palabras


Déjalo


Más bien que caiga solo


Tenemos unas horas:


La vida en tu suspiro





Respira


Calla


Observa


No cures mis heridas


Concentra en mí tus ojos


Condena las fronteras





No anuncie tu sonrojo


Amapola de esta noche


Que hará sangrar el alba





Que la vida nos concede


Una suerte insospechada


Tenerte entre mis brazos


Y siempre no llegar


Cada vez que en el silencio


Me acaricia tu perfume


Lo más tuyo


Que ya es nuestro





No hemos de soñar


Que aún hay un mañana


A este amor, mi buen amor


No arribe nunca el habla





La frágil tentación


De escaparnos del Ahora


Valdría nuestra muerte





Y si sólo fuera eso…





¿Qué palabra era ésa? ¿Qué no debía mencionar aún, si mis labios apenas sabían pronunciar lo más sencillo? ¿Cómo explicar el torbellino de emociones que él había despertado en mí?



Si dijera que fue perfecto, los dos sabríamos que no fue así. Más bien podría decir que nuestro amor imperfecto, ése que pasó como un soplo, como un ladrón en la noche, habría de formar parte de mi vida y mi quehacer diario durante el resto de mis días, aun cuando de tiempo en tiempo lo olvidara. Y que su amor, su gran amor, ha movido los hilos de mis sentimientos, de forma que hay tanto de lo que soy ahora que le debo a la fortuna de encontrarme con él, que creo que al menos le debo lo único que de cierto me pidió: ¿qué fue aquello que aprendí? ¿de qué forma me cambió? ¿qué soy hoy, que no sería si él no hubiera aparecido en mi intensa y ordenada vida?



Hoy sé, pasado el tiempo, qué palabras eran ésas que no debía decir. Porque, de alguna manera, por medio de no sé qué extraño conocimiento, él sabía que, cuando yo fuera capaz de regalarle un “te quiero”, todo habría terminado.



A él, a quien tanto he querido, y a mí misma, por tantos motivos, nos dedico, desde hoy y hasta que la inquietud de registrar lo vivido me lo permita, este



LIBRO DE LAS COSAS APRENDIDAS




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